Lo que se hereda…

A mi abuelo Felipe y a mi hermano Matías.

Todos estábamos nerviosos. Nos latía el corazón más fuerte que nunca y yo sentía que el mío se me salía por las orejas, y si la barra hubiese callado los bombos, estoy seguro de que lo hubiesen escuchado galopándome en el pecho. En general no es así. Suelo empezar tranquilo, y a medida que pasa el tiempo se me acelera el pulso y de golpe estoy gritando cosas que se me salen solas, la lengua se me suelta y siento cómo se me abre un canal que me va del pecho a las palabras. Y les grito, los aliento, los insulto, con nombre y apellido, con amor y odio, como si me escucharan personalmente, dirigiendo desde el otro lado del alambrado.

Señores yo soy de un barrio,
¡barrio de corazón!
Señores soy de Floresta,
¡y soy hincha de All Booooys!

Hacía más de seis fechas que sabíamos que nos íbamos a encontrar ahí, gambeteándole a la suerte con un pie adentro y otro afuera. Lo comentábamos en cada partido agitando los brazos con bronca, puteando con las venas de la frente y de la garganta hinchadas, con la mandíbula trabada bruxando y salivando la bronca. Pero todavía sin verdadero dolor. Porque aún sabiendo que las posibilidades eran remotas, que nuestro equipo hacía tiempo no jugaba a nada, que a los jugadores no les pagaban hacía meses y ya bastante hacían, que el referí era bostero y esa vez jugábamos contra Boca; aún sabiendo que ese partido sería el último en primera, cuando el silbato sonó haciendo girar la pelota por primera vez en el juego, todos nos aferramos a esa ínfima posibilidad de sobrevivir ante la amenaza del nacional B.

hinchada
El viejo no había dicho una palabra en todo el día. Mamá estaba preocupada de verdad y por segunda vez en la vida tenía razón. Cuando lo pasé a buscar lo vi tan triste que hubiese dado todo porque hubiéramos nacido en otro barrio. Putié al club y lo odié. No hablamos en todo el viaje y no le miré las manos hasta que llegamos, cuando le descubrí entre los dedos unas bolitas blancas y negras unidas por un hilo y terminadas en una cruz. Que tuviera fe me destrozó. Se me vino a la cabeza la plaza, mi primera pelota de cuero, los partiditos con los pibes a los que él siempre iba, aunque no me pudiera ver. A él le alcanzaba con estar ahí, esperando al final de cada partido para festejarme cuando ganábamos, y a mí me sobraba su abrazo para consolarme cuando perdíamos.
Además de la voz ronca, de él heredé la pasión por la redonda y por el blanco. Y un amor así es algo que se agradece de por vida.

¡Señores yo soy de All Boys, de la cuna hasta el cajón, 
a Floresta lo sigo a donde seeeea!
¡No me importa si perdés, no me importa si ganás,
nosotros vamos, colgamos las bandeeeras!

Todos sabíamos que caminábamos a la cancha como en procesión detrás del cajón de un muerto. Porque la enfermedad del Albo era terminal. La Avenida Álvarez Jonte era un funeral al que asistimos vistiendo de negro pero también de blanco. Me partía ver a los hinchas caminando con la cara en los pies, como si estuvieran por pateársela. Por primera vez le agradecí a Dios que el viejo no pudiera ver.
Se hacía de noche en Floresta. El viejo seguía mudo y en su cara el gesto también se le oscurecía. Tenía que convencerlo de que todavía teníamos chances, fuera como fuera.
Subimos por la segunda rampa y entramos. La peste agitaba los trapos al ritmo del bombo y el platillo mientras los pibitos gritaban y corrían por todos lados. Como en todos los encuentros desde hacía ya 47 años, él se sentó al lado de la escalera que divide la tribuna, a la izquierda de la barra. Todos nos conocían y nos respetaban, aunque yo ligué el respeto de rebote. Estoy seguro de que si no fuera él, nadie se bancaría el partido relatado. Era como un mito entre la hinchada, una especie de cábala. Jamás se ocupaba su lugar, y si algún virgo por no saber o por colgado se acomodaba en ese rincón, en seguida los mismos hinchas o la barra lo agarraban del culo y le enseñaban, para que no se volvieran a equivocar. Incluso la única vez que el viejo no apareció, esa única vez que fui solo cuando lo operaron, su lugar quedó vacío todo el partido. Casi se muere del otro lado de la radio cuando terminamos con 4 abajo. Por suerte estaba en el hospital y en cuanto el bobo le amagó a patear, lo llenaron de ansiolíticos y porquerías, y se quedó tranquilo. Y eso que en ese partido no se jugaba por nada.

Floresta es mi barrio, y con el barrio salí campeoooooón
Me metieron en cana y muchas veces lloré por vooooooos
Yo le digo a la gente, que no comprende esta pasiooooooón
¡YO AL BLANCO LO QUIERO, LO LLEVO ADENTRO DEL CORAZÓN!

Sonó el silbato. Crucé las manos y le recé a Dios. Los muchachos alentaban igual que siempre. Y yo pensaba ¡sigan, sigan, sigan, más fuerte!, que el viejo los escuche, que le lluevan los papelitos en la cara, que le vibre la tribuna en los pies.

– Bueno viejo. Arrancan Di Plácido, Casteglione, Bustamante, Rodrigo Arciero, El chileno, Oscarcito, Torassa, El cabezón, Calleri y Cristian Álvarez. Dirige Vigliano. Nico está tranquilo, se lo ve seguro.

El partido estaba tenso. Ellos no paraban de llegar y nosotros no hacíamos más que recibir los pelotazos. Trabamos, sacamos, resistimos.

-23 minutos viejo. Vamos bien.

Me ponía loco que la pantalla no funcionara. Ya hacía como cuatro fechas. Se decía que se había roto y nunca se arregló, porque claro, para qué iban a ponerle guita, si nos estábamos yendo a la B. Ese pensamiento me estrujó. Sentía que el pecho se me metía para adentro y todavía más en cada oportunidad en la que los xeneizes aprovechaban para llegar con todo el peso de la azul y amarilla a nuestra área. Después nos enteramos que en realidad la pantalla era otra de las cagadas que se había mandado la presidencia del club. ¿Qué le iba a decir al viejo? ¿Cómo se la dibujaba? Si llegábamos a un empate era más fácil, porque después le podía inventar que Colón había perdido, que Rafaela ya estaba descendido y que todavía había esperanzas para nosotros. Era cuestión de mentir los puntos y hablar con los vecinos de la cuadra por si se lo cruzaban para que nadie se la mandara dándole el pésame, o algo así. ¿Pero cuánto tiempo podría durar el circo?

El de al lado se sostenía con fuerza la frente y decía me voy cada cinco minutos. Daba medio paso, mirando a la cancha de refilón, y se dejaba atrapar por alguna jugada por más intrascendente que fuera para justificar que sus pies volvieran a la misma posición de antes.
Fin del primer tiempo. Nos sentamos. Si eso seguía así los 45 minutos que quedaban tal vez tendría chances de darle una esperanza al viejo. El problema era si Boca abría el marcador, porque ahí sí que no habría manera. Entre los llantos y las puteadas sería imposible disfrazarla. El viejo era ciego, pero no boludo.
El vendedor de Coca Cola luchaba por encontrar un hueco sin culos en donde poner un pie para seguir subiendo. Alguien lo llamó desde arriba de todo. Él seguía fiel a su objetivo sin mirar hacia atrás, pisando cualquier cosa que estuviera a su paso mientras gritaba ¡Coca Cola, 20!, y decía en voz baja ¡Fernet, 30!. Le faltaban todos los dientes de un costado, desde la paleta hasta la muela, arriba y abajo. La otra mitad la tenía entera. ¿Habrá ligado un pelotazo de frente en algún partido que le voló el comedor o le habrá pifiado al escalón dándose la jeta contra el borde? Qué dolor. Buscaba cualquier pensamiento para alejarme pero todos los caminos me llevaban al mismo lugar. Quería hablar de algo, pero no se me ocurría nada.

– Arriba viejo.

Todos nos fuimos parando mientras aplaudíamos a los jugadores que salían a la cancha, y en cuanto se asomó la primera azul y amarilla por la manga se largaron los silbidos. Los periodistas se retiraron con sus cámaras, barriendo del pasto los papelitos con los cables. La platea explotaba de fe porque el encuentro nos diera algo de tiempo adicional en el campeonato. Un tipo de la edad del viejo gritaba desaforado desde su asiento con toda la cara roja y se sacaba el abrigo. La de Chivilcoy, bajo la gran pantalla negra, se ponía creativa con las puteadas a Orión. Los pibes parecían confiados, si estaban cagados no se notó.
Arrancó el segundo tiempo. Volví a cruzar las manos, volví a pedirle a Dios. Cerré los ojos, dejé de relatarle, necesitaba esos segundos para concentrarme. Algo me hizo sentir un irracional optimismo y me puse a pensar que estábamos más cerca, que había esperanzas, que el rosario del viejo tenía que significar algo. Reviví el último 2 a 0 en la Bombonera, con goles de Battión y Matos. El 3 a 2 a River acá en casa, y el 2 a 0 allá, en el Monumental. Le ganamos a los grandes, porque somos grandes. Porque tenemos aguante. ¡Porque somos Floresta! ¡VAMOS ALBO, CARAJO!

El golpe seco contra la red me abrió los ojos en el momento exacto para ver suspendido en el aire el gol. De Boca.
Silencio. Silencio inmenso. Todo en el estadio Islas Malvinas quedó quieto, hasta el humo de los fasos. Lo miré al viejo, al borde de las lágrimas. No sabía, pero se imaginaba. Algo se me revolucionó en el estómago, me empezó a burbujear como agua hirviendo, se me subió al pecho, siguió hasta la nuez, y sin querer grité. Grité con todas mis fuerzas hasta sentir que las cuerdas vocales se me deshilacharon.

– ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!

Todos me miraron, todos. Los hinchas, la barra, el cocacolero, el gordo que se iba y no se iba, los 22 desde el césped, el árbitro, los de la platea de en frente, los de Chivilcoy, todos. Y yo los miré, en silencio, con los brazos colgando, vencido, suplicando lo insuplicable.
Sentí la mano del viejo que me agarraba del brazo. Ya está, pensé. No hay nada que hacer. Me di vuelta despacio, lo miré de frente.

– Viejo…
– ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!

El grito desaforado del gordo me voló la peluca. Lo miré. Nos miramos. Se dio vuelta, miró a la barra y volvió a gritar.

– ¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL CARAJO, GOOOOOL!

Se escuchó un bombo. Se escucharon dos. Y el grito de gol empezó a pasarse de boca en boca, como si fuera una ola que terminó por llegar hasta la tribuna de Chivilcoy y contagió a la platea. Todos gritaron. Todos festejaron el gol no gol. Uno de atrás que se avivó nos tiró papelitos en nuestro lado de la tribuna. Nos llovieron recortes de Clarín y Olé. El viejo me abrazaba de alegría y lloraba de emoción. Yo también lloraba.

¡Los pibes locos de la cabeza en la plaza del barrioooo 
de gira preparando el asado para verte a vooooos!
Al fin van a decir la verdad el que escribe los diarioooos 
¡Que la banda más grande de todas es la banda del All Booooys!

Cantábamos con el alma en los ojos, grabando esa tristeza en el recuerdo. La popular era un mar de manos y brazos latiendo acompasados entre las bengalas encendidas. Manos con brazos firmes y puños flojos. Una muleta que parecía levitar entre la hinchada se alzaba y se escondía. Los trapos volvían a sacudir los papelitos hacia arriba, una y otra, y otra vez. El cocacolero, con la sonrisa trágica de esa gente que ríe cuando llora. Una gorda que alentaba con las tetas, agitándolas de arriba a abajo. El gordo que aplaudía y ya no amagaba. Las mujeres consolando a sus hijos, los hombres desconsolados. Las voces que se quebraban y se dejaban de escuchar. El viejo que me abrazaba tironeándome de la camiseta y me lloraba en el hombro de emoción.

Jugar en la Bombonera es lo que imaginooooo
y que se quieran matar los de Chaca y los de Argentinooooos
Yo voy a verte jugar todos los domingoooos

Muchas canchas vamos a llenaaaar 
y donde juegues siempre voy a estaaaar

La peste siguió. A los tres minutos Calleri metió un gol, dejando el marcador 1 a 1, 2 a 0 para el viejo. La tribuna casi se viene abajo. Hubo un cabezazo de Casteglioni que la clavó en el ángulo, anulado por offside, pero que la hinchada también supo festejar. Al igual que festejó el segundo y el tercero de Boca, marcando los cuatro para el Albo.

– Otro de Calleri, viejo.

Todos nuestros hijos se pondrán a lloraaaar 
¡Otra vez en primera van a ver a papaaaaá!



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