Las flores y el amor

En verano un año termina y otro empieza. El calor evapora la sangre, llueve mucho y se forman arcoiris hermosos. Las noches son las más lindas. Y las más cortas. Hay personas que se van y otras que no vuelven. En verano nos sacamos fotos felices bajo el sol y cuando oscurece nos metemos en el baño a llorar. Vestimos telas livianas, pero se nos da por pensar en lo que nos pesa, más que en cualquier otra estación.
Porque en verano lo más importante no se dice. Todo nace y se pudre a velocidad; las flores y el amor.

A vos, que no me conociste (perdón).

 

El verano había empezado. Era una de esas mañanas en las que el calor te empuja la cabeza contra la cama. Me desperté porque escuché a mamá, siempre fui de sueño ligero. Cerré los ojos rápido, sabía que iban a mirar para nuestra habitación. Los presioné un rato con fuerza, para que no se abrieran ni por casualidad, y me quedé atento a cada ruido imaginando lo que estaba pasando del otro lado de mis párpados, componiendo las imágenes a partir del sonido. A ella le podía oír la desesperación, los pasitos de un lado a otro, las manos golpeándose contra su propia falda en el momento en el que se hubo vencido.
Cuando tuve el coraje de abrir los ojos, él ya había tenido antes el coraje de irse. Me incorporé rápido en la cama y miré al jardín entre las cortinas, pero no había más que flores.

Durante algunos días mamá no se levantaría de la cama. Había perdido toda su alegría, su dulzura de madre, su mirada compasiva, su lugar en la casa. Lo único que conservaría de progenitora sería sus estrías en el vientre, sus caderas ensanchadas y algún papel sellado con nuestros nombres. Éramos dos, yo un año mayor. A Ofelia, por suerte, la infancia le transitó despacio, le asentaba bien. A mí, en cambio, me incomodó desde el principio. Me había arrinconado varias veces en las esquinas de la casa y no tuve más opción que salir por arriba. Tal vez por eso fui tan alto.
Cuando Ofe preguntó por él en la mesa mamá no contestó.
– Se fue de viaje, lo mandaron lejos esta vez.
La compasión le relampagueó en la cara y durante unos segundos me sonrió agradecida. Estaba sentada como una nena. Una rodilla hacia arriba, sostenida por los dos brazos, como si se le fueran a caer. Su pelo suelto parecía un ramo de tallos sin vida cayéndole sobre los hombros.
Cuando llovía a mamá le volvían los días negros y ni en su oscuridad había espacio para nosotros. Los animales se tiraban afuera a dormir bajo los techos y así estaban casi todo el día. Ofelia se aburría y preguntaba. Yo giraba la perilla de la radio al volumen máximo, que no era mucho, pero el suficiente.

El pañuelito blanco
que te ofrecí
bordado con mi pelo
fue para ti.
Lo has despreciado
y en llanto empapado,
lo tengo ante mí.

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Si teníamos hambre, comíamos. Si nos aburríamos, jugábamos. Si se nos daba el sueño, dormíamos. En los días lindos a Ofelia le encantaba respirar la cuadra desde el jardín. Yo la espiaba desde el comedor, me causaba mucha risa cada vez que lo hacía porque era el único momento en el que parecía toda una mujercita. ¿De quién lo habría copiado? Se sentaba sobre sus piecitos, cerraba los ojos e inhalaba hondo, con la espaldita bien erguida y los brazos pequeños extendidos hacia los costados. Era como un ángel perdido en tierras emergidas desde el centro; ella y las flores entre lava y ceniza. Sin brújulas, ni mapas, ni víveres, ni agua siquiera, aunque no tenía ni la menor idea de aquello. Yo me aseguré de que así fuera. La sombra ya había acariciado nuestra chimenea y recién estábamos en Enero, ¡me sentía tan aliviado de estar ahí con ella! La radio y nosotros pasábamos todo el día juntos. Sobre todo cuando más llovía en la casa.

El espejo está empañado
y parece que ha llorado
por la ausencia de tu amor.
De noche, cuando me acuesto
no puedo cerrar la puerta,
porque dejándola abierta
me hago ilusión que volvés.

Y llovió mucho ese verano.

Tango que viene de lejos
a acariciar mis oídos
como un recuerdo querido
con melancólicos dejos.
Tango querido de ayer,
qué ventarrón te alejó.

Por las mañanas y por las tardes, después del horario de la siesta, ponía la radio en mínimo para escuchar a las señoras. Casi siempre a la misma hora pasaban conversando sobre sus nuevos manteles y sus maridos, que hacía rato no aparecían deambulando de día. Mamá me había dicho una vez que la guerra nos había beneficiado a todos, aunque qué cosa horrorosa de decir. Cuando ya estaban muy cerca de nuestra ventana bajaban la voz para hablar de nosotros y de él. Por suerte Ofelia no podía oírlas desde el jardín. Afligidas, se preguntaban cómo estaríamos y nos deseaban la mejor de nuestras suertes, una de ellas incluso invocaba a Dios. Centenares de veces, mañana y tarde, las escuché decir que algún día nos visitarían por si necesitábamos algo. Y muchas veces hasta creí que tocarían nuestra puerta.

Pasaban los días y los rumores empezaron a filtrarse por las calles empedradas del barrio. Ahora todos hablaban de nosotros, incluso gente que no conocíamos. Entre los quehaceres yo había pasado por alto el hecho de que nuestra vereda se había vuelto la más sucia de toda la manzana. La historia, nuestra historia, había cruzado las vías hasta golpear la puerta de su casa. Creo que la tía no debió haberse demorado más de unos segundos en decidir dejar todo y venir a nosotros.
Llegó un día con sus zapatos altos y sus valijas, su sombrero y su determinación. Fue muy dulce. Vivió con nosotros un tiempo y poco a poco todo fue encontrando su lugar en la casa, incluso mamá que ya casi era mamá de nuevo. Me gustaba la tía porque era buena. Gracias a ella pude volver a ocuparme de mis cosas y Ofe tenía con quién jugar en el jardín. Lo único malo era que no le gustaba el tango ni las milongas, así que desde entonces dejaríamos la radio para siempre en el cuartito del fondo.

Era muy temprano y yo caminaba rápido porque sabía que él iba a estar ahí, sentado en su banco bajo el árbol, con un libro apoyado en la pierna cruzada. De fondo, muy bajito, un bandoneón marcaba el dos por cuatro. Y ahora se va a llevar el dedo a la boca, va a humedecer la yema con su saliva, y cuando dé vuelta la página me va a mirar. Se llevó el dedo a la boca, humedeció la yema con su saliva, dio vuelta la página y me miró. Era un día hermoso y la imagen era más hermosa que nunca: el perro, los gatos, los papagayos con sus colores y él.
Me incorporé rápido en la cama sacudido por el impulso y miré al jardín por la ventana. Nada más que flores. Me volví a acostar pensando que el verano iba a ser muy largo.

– A comer, hijo. ¿Ahora qué estás haciendo?
– Estoy escribiendo un poema.
– A ver, ¿puedo leerlo? – su voz siguió áspera –. ¿De dónde lo sacaste?
– Yo lo escribí.
– Levantate ya. Lavate las manos y vení a la mesa que se enfría la comida.

Mamá estaba muy enojada. No me miró ni una vez. Ni siquiera cuando me quedé contemplándola fijo. Ofe y la tía cruzaron la puerta desde el jardín y se sentaron con nosotros en la mesa. La tía me miraba con la pena con la que se mira a un enfermo. Para esos nuevos días mamá ya se sentaba como una señora, tenía el cabello bien tirado para atrás y hablaba como las demás mamás. Ya no tenía esas ojeras de mesera, más bien parecía violinista o bailarina. Me hacía extrañar mucho a Lili. Algún día le confiaría a Lili mis sentimientos y nos casaríamos, tendríamos hijos y me quedaría con ella hasta viejos. Cuando quería recomponer su cara fallaba, ¡pero cómo me hacían falta esas trenzas largas que le caían a los lados! Podía recordar cada pelo entrelazado, soltándose hacia los costados y volviéndose a unir en el centro, liberándose otras veces más sólo para coserse de nuevo y terminar en un moño que al final los uniría fuertemente a todos. Era algo precioso de ver. En mis libros, todas las chicas hermosas tenían sus trenzas. Si Lili me aceptara yo nunca, nunca la dejaría.
Al día siguiente amanecí confundido.
– Vestite. Nos vamos. –No me animé a preguntar, era de noche todavía. Me senté en la cama medio dormido, tratando de hacer foco en el espacio descubierto entre las cortinas. En el jardín, nada más que flores.
Me resultó agradable el viento frío en la cara. Los pequeños ruidos de las esquinas y de los árboles que sólo se perciben a esa hora del día. Volver a mirar cada cosa con luz natural. Mamá seguía sin hablarme, pero la estación era fantástica. Desde los altísimos techos se tendían banderas, había carteles en castellano y en inglés y todos eran adultos. Una vez en el tren recuerdo mirar con fascinación los terrenos de campo retrocediendo y alejándose a la par del tiempo, reemplazándose un metro por otro en el marco de mi ventana. Imaginaba lo que habría más allá de ese horizonte en el que el cielo y la tierra se dividían tan sólo por una línea delgada. Pensaba que si esa línea tan finita dividía cosas tan opuestas y distantes como el cielo y la tierra, tal vez todas las cosas opuestas y distantes en el mundo se dividían así.

muelle

Esperamos en una salita hasta que nos llamaron. Entramos a la habitación unicolor y nos sentamos. En cuanto se hubo apoyado en aquella silla mamá empezó a llorar otra vez. Las lágrimas le salían catapultadas como desde el estómago. No paraba de hablar y gesticular y se enojaba y se ablandaba y se enfurecía de nuevo. Cada tanto ella y el médico me miraban. Él le decía que me sacara los cuadernos y los libros, como si eso tuviera algo que ver. Yo me distraje con la enorme biblioteca que ocupaba casi toda la pared del fondo, mientras subía el volumen de la canción que había elegido para la escena.

¿Te acordás, Milonguita? Vos eras
la pebeta más linda ‘e Chiclana;
la pollera cortona y las trenzas,
y en las trenzas un beso de sol.
Y en aquellas noches de verano,
¿qué soñaba tu almita, mujer,
al oír en la esquina algún tango
chamuyarte bajito de amor?

Desde la ventana podía ver cómo se iba alejando el verano. Si bien hubo días en los que tuve que subirle el volumen a algunos tangos más, finalmente llegó aquel en el que miré al jardín y ya no había nada. Sólo un montón de hojas secas y el pasto amarillento tendido hacia un costado, como agonizando. Una tormenta había arrancado todo durante la noche. Mamá, Ofelia y la tía se lamentarían por eso. Yo empezaría a sentirme mejor, al menos hasta la primavera siguiente.
Atravesé el comedor. Ofelia ya estaba ahí. Mamá me miraba inmóvil desde la cocina. Le sonreí aunque sabía que eso la haría llorar. Después de todo sí era cierto que estaba bastante pálido. Puse un pie sobre el pasto seco y fue como si lo hubiese encendido. El volumen se subía y se bajaba solo, pero este llanto era distinto a los anteriores. Para este no hacía falta otra canción.
A la tarde me devolvió todas mis cosas. Ella siguió pensando que todo eso había sido un simple acto de rebeldía. Yo le expliqué que habían sido las flores, creo que nunca lo entendió.



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