El tercer cordón

Un cuento que atraviesa el primer cordón, transcurre en el segundo y cuenta la historia de un tercero.

Me fui en busca de una historia. Caminé hasta Jonte y Segurola y esperé el 53 con cartel a José C. Paz. Era Martes a las tres de la tarde, hacía un calor infernal y por primera vez en la vida, el bondi vino rápido y medio vacío, cosa que agradecí con un ‘vamos carajo’ interno mientras pasaba la SUBE por el lector. Me senté al fondo a la derecha, al lado de la ventana. Apoyé la cabeza contra el marco de la ventana, aunque temblara y rebotara cincuenta veces por minuto, estaba agotada por la humedad. Desde la radio del chofer sonaba fuerte El tiempo no para de la Bersuit, yo la cantaba bajito. Las cuadras pasaron sin que las registrara hasta que cruzamos la General Paz y como de costumbre, una especie de alarma corporal hizo que me incorporara para mirar a los autos que iban y venían por abajo. Era necesario, probablemente porque era algo que no veía muy seguido y entonces tenía esa necesidad de mirar hasta que el ángulo ya no me lo permitiera más.
¿A dónde irán?

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El viaje fue como todos los viajes en los que me olvidaba de meter un libro o un par de auriculares en la cartera. Lento y aburrido. Empecé con mi juego, me gustaba hacerlo para matar el tiempo: cada vez que alguien subía me disponía a adivinar qué asiento elegiría y por qué.
Morocha, jovencita, bonita, cara de ‘todo me da paja en la vida’, seguro se sienta en los de adelante de todo, porque total está medio vacío. Bingo.
Señora, gorda, pelo corto. Atrás de la morocha, porque está más cerca de la escalera para bajarse después. Bingo.

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Hombre, cuarenta, olor a vino. Faaa se huele desde acá hermano, son las tres de la tarde. Este se queda parado, si se sienta no se levanta más. Bingo otra vez.
Pelado, lentes. Me hace acordar a Walter el de Breaking Bad en la etapa de la quimio, una especie de Flanders del conurbano.
Me reí fuerte, el tipo era igual en serio.
Vos te sentás… mmm… te sentás… te sentás… ¿al lado mío?
– Nena
El culo se me despegó literal del asiento del susto.
– Sí – le dije.
– Tenés el cordón desatado.
– Uh, sí, gracias.
Flanders me había asustado fiero. Su gesto serio se convirtió en una amplia y rara sonrisa, como salida de un personaje de película de gángsters o algo así. Capaz porque fue estirándose lenta y tenía la boca finita y larga. No supe qué exactamente, pero había algo en esa sonrisa de villano y la forma en la que se me quedó mirando después por unos segundos que me incomodó. Porque fue con esa soberbia con la que muchos miran, esa que dice sin palabras “yo sé algo que vos no”. Me latía el corazón fuerte. Qué pelotudez, ¿no?
Antes de bajarme en Perón al 700 giré para ver si Flanders y su sonrisa arrogante seguían ahí, pero al parecer ya se había bajado casi todo el colectivo sin que me diera cuenta. Mi prima había vivido por ahí antes de mudarse a su casa de Bella Vista y me acordaba de un bar en frente con ventanas vidriadas, justo al lado del boliche al que había ido a ver tocar a La Fragante una vez. Era un buen lugar para ver gente pasar y escribir.
Me senté en una de las mesas que daba a la ventana y desenfundé mi cuaderno, mis lapiceras – ¿por qué traje tantas? – el celular, y esperé. Mirando a la calle, mirando a la gente, buscando una historia allá afuera que contar sobre el conurbano. Segundos antes de encontrarme la cara en el fondo del tazón de café con leche me di cuenta que estaba en el horno, y el exceso de lapiceras se hizo aún más ridículo dado que no había podido bajar a la hoja ni una puta palabra.
– Querida
¡Connncha de la lora!
– Sí
– Tenés el cordón desatado. – Miré hacia abajo y de hecho, mi cordón izquierdo estaba desatado de nuevo. Eran esos cordones de mierda encerados, como vienen ahora en casi todos los borcegos, que no podía ni hacer dos pasos y ya los tenía arrastrando toda la mugre de la calle. La señora me sonrió maternal y le respondí la sonrisa de la misma manera, pero la verdad me había hinchado un poco las pelotas, sabía que me lo había dicho para que no lo pisara y me matara, pero yo no andaba mirando los cordones de la gente, qué se yo.

– Muchas gra…cias…
No la encontré para agradecerle. Ni dentro ni fuera del bar. Raro. Por más rápida que fuere tampoco podría haber llegado muy lejos. Y como si hubiera venido a mí de pronto el descubrimiento de la pólvora, me sobresalté emocionada pensando: ¡¡esta es la mía!!
Esta es la historia: distintas personas que me dicen en diferentes momentos, distintos días y circunstancias que mis cordones están desatados. ¿Para qué?, para distraerme y hacer cualquier otra cosa a mis espaldas, algo como cambiar el rumbo de mi destino, escondiéndome algo, alguien. ¿Y por qué yo iba a ser tan importante? …. Y yo que sé… Ahora que lo pienso creo que ya existe una película de Matt Damon con una trama parecida, pero claro, él estaba destinado a ser presidente de Estados Unidos, razón que justifica el sentido entero de la trama y que de hecho es el hilo conductor del guión, la razón de ser de la historia. ¿Además, disculpame, desde cuándo escribís policiales vos?
Miré a la moza que al parecer estaba furiosa conmigo a juzgar por su cara de asesina serial, seguramente porque habían pasado casi tres horas y sólo me había tomado un café con leche que había terminado hacía dos, y continuaba desde ese momento vacío, como mi historia.
– Sí, ¿te pido la cuenta? Gracias.
La tenía a tres metros y el bar estaba vacío, pero igual garabatié en el aire, otra de esas cosas inevitables de hacer. Junté las cosas, me levanté y me fui. Entré a gmail desde el celular para escribirles a los chicos de la revista 27 y decirles que no llegaba ni en pedo a terminar el cuento para esta edición, pero para variar no me andaba el 3G.
¿Qué mierda significará una H en la señal?
Me senté en el escalón de una casa a esperar que algo mágico sucediera antes de que llegara el 53 con cartel a La Boca.
– Nena
Esta vez no me asusté. Ya sabía lo que me iba a decir.
– Tenés el cordón desatado.
– Sí, sí, muchas gracias.
Ni me agaché.
Que sigan así, cordones del orto. Me tienen las pelotas llenas.
Pero el viejo se me quedó mirando y más por gentileza hacia él que por otra cosa, apoyé la cartera en el banco y me incliné para atármelos. Para mi sorpresa, esta vez los dos cordones estaban perfectamente atados. Claramente el viejo no veía un carajo.
Vi por el rabillo del ojo que se me acercaba un par de metros y putié para mis adentros. El viejo no estaba en una parada ni en la otra, solo estaba ahí, parado en el medio de la calle, mirando a la gente y nada más.
Espero no tener nunca nada que hacer porque me muero.
– Mirá que lo seguís teniendo desatado, pero no es para que te lo ates, para nada, es solamente para que lo sepas.
Volví a mirarme, como por inercia.
¿No ve un choto o está loco?
Tenía un aspecto de lo más normal. Vestía un pantalón gris clarito, tiro alto, cinturón de cuero marrón, zapatos marrones, camisa blanca de mangas cortas arriba de una de esas camisetas blancas que usaban los tanos en las películas de Rossellini, esas que son de tela como con agujeritos, y una boina como las que usaba mi abuelo para ir a jugar a las bochas. En fin, un señor de barrio de lo más común. Aunque como si todo esto tuviera algo que ver con la locura, ¿no?
– No te lo ates, dejalo así que es mejor.
Lo miré, le sonreí por cortesía, y volví a mirar para la calle. Me propuse concentrarme en la historia para pasar la incomodidad del momento, pero no podía pensar en nada. Volví a mirar al viejo más por aburrimiento que por otra cosa. Debería haber intuido que lo miraría, porque volteó la cabeza y me sonrió.
– No te asustes querida, que no estoy loco ni nada por el estilo.
Por la forma de hablar no parece ser un loco, para nada. Y además me está aclarando que no lo está, consciente de que yo pueda pensar que sí. Aunque eso es justamente lo que dicen los locos ¿no?
– Tengo una historia que disfruto mucho de contar, en especial a los jóvenes. Una historia sobre las personas y los cordones, si me permitís me encantaría contártela.
Coooon razón, ahoora entiendo todo. Era como una especie de prólogo a lo siguiente para que entres como un caballo. ¿Y el 53? Bien, gracias. Presiento que va a tardar una eternidad.
– Si no es molestia, claro.
Yo no supe qué responderle y él no supo interpretarlo, o eligió no hacerlo. Sin moverse un pelo empezó su historia. Los metros que nos separaban me hacían sentir segura, y después de todo no era más que un viejo. Seguramente no tendría mucha gente con quién hablar.
Puta. Si tendré un imán con TODA la gente mayor delll país. ¿Será que nací con un cartel de “hablame que me gusta” en la frente y no me enteré?
– Hace muchos años, yo era un muchachito, tendría unos diez, once años. Y un día como hoy mientras esperaba el tren para ir al taller donde trabajaba se me acercó un señor de edad, un tipo serio pero simpático al habla. El tren no llegaba, y yo estaba muy preocupado porque no quería llegar tarde al trabajo. De seguro enderezar clavos no era una tarea tan imprescindible para el taller, pero lo era para mí. En fin, finalmente anunciaron que el tren andaba con demoras, cosa que a ese punto ya era para todos una obviedad, y este hombre se sentó al lado mío. Me miró por un rato y empezó a contarme esta historia, tal vez porque creyó que yo la necesitaba, vaya uno a saber. Lo cierto es que el hombre comenzó a hablarme como si aquello fuera parte de una conversación anterior que en verdad nunca habíamos tenido. Y me contó esta historia. Una historia sobre un cordón.
El viejo es divino, ¿pero poooosta? No, en serio. ¿Pooosta? Me quiero pegar un tiro. Andá a cortarlo cuando llegue el 53. Bien piba, bien vos.
Tomó aire inflando el pecho y exhaló la primera oración. Me miraba como si me estuviera diciendo algo importante, como si me fuera a develar el código de una caja fuerte con cien mil dólares o como esas frases que en las películas dicen algunos personajes antes de morir: “el tesoro está escondido en… en…”, FIN. Sentí una profunda pena y una bronca conmigo misma tremenda.
Por qué mierda siempre me da pena todo el mundo, tendré que hablarlo con un psicólogo.
Así que le puse mi mejor cara de actriz de Hollywood, como si estuviera escuchando su historia con el mismo entusiasmo que él ponía en contármela, y lo escuché, pensando que podría ser mi abuelo y que si él se encontrara en la misma situación no querría que una pendeja de mierda le rompiera el corazón por estar apurada en volver a su casa.
– Hasta que nacemos, es justamente un cordón aquello que nos une a la vida. A nuestras madres, durante toda nuestra gestación, y en nuestros primeros segundos de contacto con el mundo exterior. A través de él nos alimentamos, nos nutrimos, crecemos, vivimos. Ese cordón es la dependencia misma del hombre en su mayor expresión, el lazo más fuerte entre dos seres, el más físico que tendremos durante toda nuestra vida. Y cuando nacemos, cuando ya estamos listos para ser uno solo, ese cordón se corta. Y ahí empezamos a funcionar mediante nuestros propios mecanismos, como el de la respiración, el de la alimentación, abrimos los ojos, vemos al mundo y el mundo nos ve a nosotros. Empezamos a valernos por nosotros mismos como seres independientes. Independientes físicamente, en el pensamiento, en los sentimientos; y filosóficamente también en los propósitos, en los deseos y en los sueños. Es allí en ese mismísimo momento, tan especial en la vida de un ser humano, cuando nuestro propio cordón comienza a nacer. – Hizo una pausa mirando hacia abajo, como buscando las palabras, yo aproveché para mirar si venía el 53. Él siguió.- Un nuevo cordón que no nos une a una persona, sino que nos une a la vida.

Hablaba tan pausado que me ponía un poco nerviosa, como si nunca fuera a terminar esa historia. Yo no quería ser descortés, por eso intentaba sostenerle la mirada aprovechando cada una de sus pausas para mirar al final de la calle, rogando que apareciera un colectivo azul.

viejo

– Y ese mismo, ese que nos une y a veces nos desune a la vida, es el cordón de los sueños, de los deseos, de nuestras ambiciones. Donde se concentra todo lo que realmente queremos, lo que somos, lo que tenemos bien guardado en el alma, todo aquello que nos hace únicos. Si uno tan solo se parara un rato a mirar a los demás, es realmente asombroso cuán lejos en la vida puede un sueño hacer llegar a uno.
Me sonrió y le devolví la sonrisa. La suya era una historia realmente linda, tierna, fantasiosa, como salida de una película de Disney. Un cordón que une a cada persona a sus sueños, y a la vez esos sueños hacen a la persona, lo definen. Ya veía por qué se la habían contado cuando era chico, aunque antes era otra sociedad, otra época. Por alguna razón mientras el hombre hablaba me vino a la mente esa foto de mis abuelos que todavía está en su cuarto arriba de la cómoda, muy jóvenes los dos antes de casarse, a diez centímetros uno del otro, con todo ese amor en los ojos. Yo siempre había tenido esta teoría de que antes la gente era más inocente, que simplemente había algo en las personas que ya no. Una suerte de magia tácita, por llamarlo de alguna manera, una mayor permeabilidad a lo fantástico, a lo ficticio, a lo lírico. En especial en el amor, en los valores, en los lazos, en los códigos. Hoy creer en el otro y ser un soñador es ser un pichi, un boludo, un ingenuo fácil de cagar, o un verdadero genio si es que pudo volcar todo ese mundo fantástico de su mente en un libro, un rollo fílmico o una obra de teatro, y se haya vuelto famoso. Ahí al soñador fantasioso lo aplaudimos todos y hablamos de su brillante mente, de lo generoso que es, y usamos palabras como “talento – único – don – ejemplo – ídolo”. Siempre me pregunté por qué en este siglo nos costará tanto creer en la gente y tan poco en los efectos especiales de las películas.
Mi cabeza se sacudió cuando me di cuenta de que el viejo había hablado y hablado y mi mente se había ido lejos. Me habló como reafirmando una idea.
– Los sueños. Este cordón. El tercer cordón. Todo lo que nos hace lo que somos, nos indica el camino por el cual andar, aunque a veces elijamos no hacerle caso o no podamos hacerlo por alguna circunstancia de la vida. Cada cual tiene un cordón distinto, algunos bien brillante, como el oro, cargado de deseos, de ansias, de sueños, en general en los más chicos es que se ve este color tan radiante y tan puro. En general a medida que uno va creciendo el color oro se apaga, a veces hasta oscurecerse del todo. Pero eso depende mucho de las personas. Hay quienes lo tienen más opaco porque siempre fue así, por elección, o porque dejaron que la vida misma lo fuera apagando. Algunos cordones van más pegaditos a la tierra, otros directamente anudados al asfalto, porque sus sueños andan ya estancados en la tierra y nunca vuelan, nunca. Como esa gente que arrastra mucho los pies cuando camina.
Me reí grande.
– Muchas personas ni siquiera pueden verlo y llegan a mi edad sin saber acaso sobre su existencia. Y yo creo que eso es una real pena. Es como pasar por la vida sin saber lo que es el amor, la pasión, la tristeza o el dolor. Es casi como no haber vivido, pero esa es una opinión personal. Saber que tenemos este tercer cordón, es tan importante como ser consciente de cualquier otra parte del cuerpo, como un brazo, o una pierna. Qué digo una pierna, es como el tronco, o incluso más, porque es algo vital, sin él no podríamos vivir, o todos seríamos una vida sin rumbo. También hay muchos cordones llenos de luz que aún no se han atado a nada, pero andan por ahí buscando un sueño. Aquellos que son más bien desatados, como el tuyo. No es difícil de ver si uno cree, y presta solo un poco de atención.

Miró hacia la calle, obligándome a mirar. Dicen que hay que ver para creer, pero a mí no me alcanzó. Al principio lo justifiqué todo como un reflejo del sol. Alguna superficie metálica en el taco, o en el piso.
La luz del sol se refleja y así es que veo lo que veo, claro.
Pero no pasó mucho tiempo para que todas las demás luces se me fueran haciendo visibles, y fueran poco a poco prendiéndose, de una a la vez. Por debajo de uno de los zapatos hebilla beige de la señora que cruzaba la calle, una luz amarilla clara parecía salírsele desde la suela. Desde el mocasín marrón oscuro del portero del edificio, por donde la señora acababa de cruzar, una luz un poco más blanca que la de ella. Del zapato acordonado del diariero, que agitaba los brazos y gesticulaba tratando de explicarle algo a otro, una luz más fría, como de tubo. Del de ese otro que escuchaba atento al diariero, negando con la cabeza y suspirando; de la nenita que corría atrás del perro, con las manos extendidas, queriendo agarrarle la cola; de la mujer que salía del súper con el chango lleno, con cara de nada. Una a una se fueron prendiendo como luciérnagas en el campo. No era un brillo como de purpurina, no era un brillo de espejo o de metal, ni tampoco de reflejo. Era un brillo de luz. Cada vez que alguien levantaba su pie, esa milésima de segundo en la que el pie se suspendía en el aire para luego apoyarlo en el piso, dándole la orden sistemática al otro para hacer lo mismo, un cordón dorado, envuelto en un haz de luz, salía de entre el asfalto y se volvía a esconder a cada paso.
El viejo me miró los pies y me volvió a mirar a los ojos. Yo empecé a temblar. Sentí cómo el cuello entero se me endurecía, dejándome la nuca erguida y las pestañas pegadas a las cejas.
Levanté el pie unos dos centímetros. Me sobró para ver la luz. Seguí levantándolo un poco más. Sentí la tensión del cordón friccionando contra el asfalto. El ruido casi imperceptible del material concreto e intangible deslizándose hacia arriba, hasta llegar a lo último, hasta ver el otro extremo, hasta al fin sentirlo suelto y descubrir que tenía el cordón desatado.

Se hacía de noche en la parada del 53.



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